El alma en su
lugar.
Todos necesitamos vivir en paz para desarrollar
nuestras cualidades en plenitud y encontrar sentido a la existencia. La paz es
un bien anhelado pero no siempre sabemos caminar en la dirección correcta hacia
donde podemos hallarla.
Muchas veces cultivamos semillas engañosas, en forma
de acciones, pensamientos, sentimientos, creyendo que harán florecer la calma
del corazón. Esto sucede cuando nuestras percepciones son erróneas a causa de
los conflictos interiores que distorsionan la realidad bajo el cristal de
nuestras emociones. Sin embargo, en ellas podemos ver el síntoma que nos
conduzca a las causas verdaderas. El alma sabe lo que necesita.
Por eso, la paz es fruto, en primer lugar, de un
autoconocimiento que me permita reconciliarme conmigo mismo, con mi historia,
con mis limitaciones y posibilidades.
Cuando nos disponemos a trabajar en nosotros con
alguna disciplina terapéutica es importante llegar a la mirada profunda; sólo
ella puede revelarnos que nuestra alma funciona dentro de un orden del amor,
concebido como fuerza esencial creadora de la vida.
Así como el agua se adapta a sus cauces o
continentes, el amor también se manifiesta como un ecosistema en el que cada
elemento está en su lugar y función; cuando esto se realiza hay armonía y
paz…en cada elemento y en todo el ecosistema.
Podríamos decir que es como una ley natural de la
vida. La verdad que sustenta esta ley es que recibimos la existencia así como
luego somos capaces de transmitirla a otros. De padres a hijos las generaciones
se suceden creando redes familiares y sociales en las que cada alma se siente
implicada.
La legítima
búsqueda de la realización e independencia personal a veces es impulsada por
una pseuda interpretación de la libertad y estimulada por la cultura del
individualismo; esto puede conducir hasta la fantasía de sentirnos autocreados
y desde este pedestal desdeñamos la presencia de otras personas que
consideramos obstáculos en nuestro camino; en general suelen ser miembros de
nuestra propia familia.
Así alimentamos la
pretensión de excluir del alma todo lo que percibimos como enemigo de
nuestros deseos; en una mirada de superficie, es comprensible que las
experiencias dolorosas generen la necesidad de distanciarnos de aquello que las
provocaron , pero si nos quedamos en
ella, perdemos la dimensión profunda, donde realmente podemos ver el sentido y
la trama inexorable de los acontecimientos y las almas.
La
verdadera autoestima es la valoración de mi ser original dentro del sistema y
la auténtica libertad viene de este reconocimiento a quienes nos dieron la
vida; la humildad consiste en tomar plenamente esta vida de nuestros padres,
con todo lo bueno y lo no tan bueno; sólo así podremos también darla a otros.
De este asentimiento depende la plenitud. Santa Teresa de Ávila decía que andar
en la verdad es andar en la humildad. Sólo la verdad y la humildad nos hacen
libres. Es lo que siempre busca el alma para vivir en paz.
Entonces es de suma importancia conocer los vínculos
y las relaciones de las almas porque las heridas y traumas devienen de los
inadecuados modos de comunicación de los afectos y las cargas de la vida. Pero,
más allá de la cualidad moral de los integrantes de estos sistemas, el orden
del amor necesita el lugar claro de cada uno.
La eficacia de una terapia se ve cuando el paciente logra en su fuero
íntimo configurar a cada miembro de su familia y darle a cada uno la función y
el peso que las circunstancias crean, asintiendo que es así. De alguna manera,
sanar es llevar únicamente el propio peso personal, el que me corresponde. A
veces es difícil advertir dentro de las redes si estamos llevando cargas que no
son nuestras; esto se conoce sólo por los efectos que produce. Ahora, quien
decida llevar cargas de otros debe saberlo conscientemente y asentirlo, para
encontrar plenitud en ello.
Muchas dolencias que no se explican pueden ser la
respuesta a haber tomado inconscientemente algo que no debíamos llevar porque
pertenece a otro miembro del sistema.
Integrar es incluir todo y ello implica aún lo que
no me gusta. Esto se ve con frecuencia en las familias o grupos humanos en los que existe alguien que es rechazado,
por diferentes motivos. Cuando comprendo que todo aquello que percibo como
negativo, tiene también una función en el sistema, entonces crezco en unidad y
paz, porque estoy asintiendo la realidad tal como es, sin contradecir a la Gran Alma , que sabe lo
que es mejor para cada uno. En cambio,
todo lo que excluyo se manifiesta como enfermedad física, emocional o mental.
La depresión es hoy una enfermedad muy generalizada
y aunque existen diferentes tipos e intensidades, las causas suelen estar en el
sistema familiar cuando existe un desorden; la persona depresiva experimenta
que hay algo superior a sus fuerzas y no puede con ello. Mientras no pueda ver
la relación de cada integrante con los hechos que marcaron el alma de esa
familia, no puede salir de su aislamiento y dolor; muchas veces , curar es
simplemente ver lo que no se veía en una
primera mirada.
Las enfermedades derivadas del estrés excesivo, que
podemos considerar como un desencadenante de trastornos cardíacos, digestivos,
articulares, etc.; y que también está en la base de muchas fobias y ataques de
pánico, tienen muchas causas en los vínculos y relaciones personales, actuales
o anteriores.
La tensión
más difícil de llevar es cuando uno funciona y no vive, porque esta queriendo
ser quien en realidad no es. Aquí también se evidencian las implicancias en los
sistemas familiares, porque es muy común que aquel que ha sido excluído y ya no
es mirado por todo el grupo, alguien de la segunda o tercera generación puede
identificarse con aquella persona sin saberlo.
La paz siempre es fruto de una profunda
reconciliación; es la tendencia natural de las almas porque la vida es posible
cuando dejamos de resistir obsesivamente a realidades que no podemos modificar.
Por supuesto, que existen otras que, atendidas estratégicamente son
transformadoras e inciden en nuestra salud física, emocional y mental.
Aquí me refiero a las actitudes vitales nacidas de
la confianza en este orden del amor que busca dejar a cada alma su lugar.
Quizás una actitud nueva a cultivar es animarnos a ampliar la mirada, cuando no
logramos comprender lo que nos pasa. Tampoco se trata de querer siempre las
explicaciones racionales, sino más bien de fiarse en la sabiduría de la vida;
no entendemos cabalmente como trabaja, pero sí
podemos ver sus efectos cuando somos dóciles al llamado del alma. Por
eso, es necesario confiar más allá de los mecanismos psicológicos, que
obviamente no agotan una comprensión plena del ser. La mirada profunda es
espiritual.
Reconciliar es una experiencia interna, que sucede
cuando somos capaces de asentir incluso el misterio de la vida como se ha dado.
Asentir es más que aceptar, porque esto parece resignación a lo inevitable; en
cambio, asentir es decirle Sí a la vida tal como es, y de esta actitud tomamos
toda la fuerza que ella tiene y nos coloca en una posición activa.
De ella derivan las acciones constructivas y las
relaciones sanas entre las personas. También es bueno recordar que la vida es
camino y que todo es proceso para aprender a tomarla y darla plenamente.
Nicolás Nanni
Profesor
de Yoga
FACILITADOR DE CONSTELACIONES FAMILIARES
Tel. 03541 – 15527337Podemos decir que en nuestros tiempos, la evolución en todos los campos del conocimiento , nos permite acceder a una herramienta cuyo propósito profundo no es sólo la intención del terapeuta o del paciente, sino que es una posibilidad de ponernos en sintonía con la fuerza primordial que impulsa el movimiento de la vida y busca unir lo que está separado en procesos constantes de reconciliación.
Vivimos hoy la
conjunción de aspectos científicos y espirituales que pueden derribar cualquier
postura escéptica; quien esté abierto a
encontrar respuestas más claras y caminos de soluciones sistémicas tiene aquí
comprobaciones de la unidad de los seres entre sí y de todos, con la fuerza creadora del Espíritu.
Nicolás
Nanni
Prof. de Yoga
Constelaciones Familiares
Constelaciones Familiares
Tel. 03541 – 15527337
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